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Cuarenta años después

 

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Recupero este recorte de mi archivo personal más como curiosidad que como un ejercicio de nostalgia. Fue el primer artículo que escribí sobre las autonomías, sobre el encaje de León en el mapa autonómico y se publicó el día 18 de febrero de 1978  en La Hora Leonesa.

Se cumplen cuarenta años de aquella publicación.

Después de tanto tiempo los recuerdos sobre este artículo me resultan difusos. No era la primera vez que escribía algo en un periódico, pero sí que me estrenaba en el movedizo terreno de la política. Entonces yo tenía solo quince años y cursaba mis estudios de segundo de BUP. Eran tiempos aquellos en los que en España se estaba debatiendo la Constitución, en los que la mayoría de las regiones ya exigían constituirse en comunidades autónomas, en los que acababa de nacer el Grupo Autonómico Leonés (GAL) y en los que se preparaba la primera manifestación para exigir una autonomía propia para León. Una movilización que se celebraría justo un mes más tarde a la publicación en el periódico: el 18 de marzo de 1978.

 

artel convocando a la primera manifestación por la autonomía leonesa que se celebró el 18 de marzo de 1978

Cartel convocando a la primera manifestación por la autonomía leonesa que se celebró el 18 de marzo de 1978

Cuatro décadas después aún recuerdo algunas anécdotas de ese primer artículo. Como se puede comprobar, fue publicado en la sección de “Cartas al Director”. Tardaron mucho tiempo en publicarlo, probablemente dos meses o más desde su entrega, cuando ya había perdido toda esperanza de verlo en letra impresa. Cambiaron el título que figuraba en el original y suprimieron los párrafos más reivindicativos, aquellos que criticaban la tibieza en el posicionamiento de la UCD y del PSOE sobre el lugar que correspondería a León en el futuro mapa autonómico. Como no conservo la redacción que salió de mis manos tampoco puedo cotejar ese texto con el que, finalmente, vio a la luz. Pero es seguro que algún párrafo quedó desvirtuado.

Todo salió mal en los meses siguientes. Un lustro más tarde, el 25 de febrero de 1983, el Congreso promulgó la ley orgánica que aprueba el Estatuto de autonomía de Castilla y León. Seguro que estos días alguien “celebra” que esta comunidad cumple sus primeros 35 años de vida. El mismo tiempo que para otros muchos esta tierra lleva cumpliendo condena, encadenada, amordazada y ninguneada, en las mazmorras de Castilla. Condena sí, ¿pero por qué delito?

Hoy resulta palmario que León ha cambiado, para peor, desde mis quince años. Lamentaba entonces el nulo carácter reivindicativo de los leoneses, que “no rugimos, solo maullamos”. Ese carácter nuestro, estoy convencido de ello, fue determinante para que los tres problemas que entonces apuntábamos se hayan cronificado hasta el extremo: la despoblación, la falta de inversiones para generar empleo y el abandono de nuestros pueblos. Determinante, también, para ser borrados del mapa autonómico. Y ese fracaso en conseguir una autonomía propia supuso para León una oportunidad perdida de la que se derivan las consecuencias que, cada día que pasa, sufrimos el puñado de personas que todavía vivimos en esta santa tierra.

Cuarenta años después, las razones que invocaba siguen tan vigentes como entonces. O más. Al igual que la aspiración para que ese León que es cuna del parlamentarismo, para que ese León representado en uno de los cuarteles del blasón del escudo de España, para que ese León que entonces sí que salió a la calle y de una manera masiva, sea reconocido como cualquiera otra de las regiones españolas. Pero hoy, como en 1978, el sentimiento de los leoneses va en una dirección y la cruda realidad se empecina en seguir otra muy distinta.

 

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Riaño (y IV) con fotos El final

Retazos de memoria 30 años después

 

De siete de los nueve pueblos (Burón y Vegacerneja se salvaron parcialmente), ya solo queda el recuerdo para cada uno de ellos, el cariño y las imágenes imborrables de sus casas, de sus calles, de sus gentes. Y las heridas, que aún hoy permanecen abiertas, por los acontecimientos que se sucedieron durante ese verano. ¿Cómo olvidar aquellos terribles días en los que Riaño y sus pueblos sucumbieron víctimas de una orgía de destrucción? ¿Cómo cerrar los desgarros que producen esos recuerdos? Puedo dar un paseo introspectivo entre las ruinas. El panorama que visualizo, el que estoy contemplando con la misma viveza como si lo tuviera delante, es apocalíptico. Ante mi mirada escrutadora se extienden infinitas montañas de escombro, auténticos osarios de las viviendas que formaban cada localidad, testimonios del abuso irreversible que sufrieron los pueblos del valle. Cascotes, escombros, destrucción. Caos.

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Parecen los restos de un naufragio. Semanas después de finalizadas las obras de derribo de las edificaciones, podían observarse enseres domésticos mezclados con el escombro. Algunos muebles estaban tapados con plástico, tal vez a la espera de que los recogieran sus propietarios. Un paseo entre tanta ruina mostraba hortalizas aplastadas por piedras y cascotes que nunca llegarían a la mesa de quien las plantó. Juguetes que un día hicieron feliz a un niño y cuyo destino sería el de pudrirse en las profundidades del pantano. Cunas, bidés, calefacciones abandonadas y otros elementos que en un tiempo formaron parte de las viviendas, que sirvieron para que los vecinos disfrutaran de una vida más llevadera en el hogar familiar, ahora compiten por un espacio entre los despojos de esos hogares. Constituyen los vestigios de la vida que discurrió durante siglos en cada uno de los pueblos, hasta que aparecieron las máquinas de arrasar.

Quedan pocas cosas en pie: los indicadores de la carretera, las señales de tráfico y algunas farolas. Poco más. Las calles ahora son sendas que abren camino entre dos hileras interminables de piedras, escombros y madera amontonada. Algunas gallinas, ovejas y vacas, también unos perros de mirada extraviada, son los únicos seres vivos que aún residen en el mismo lugar donde hasta hace poco había calles y casas y gente que las habitaba. Los humanos han sido desalojados por el método expeditivo de destruir sus casas. En pocos meses, las especies acuáticas serán las únicas pobladoras del lugar.

También se conservan las cumbres, el único elemento que no ha cambiado en el paisaje del entorno. Esos pináculos naturales se han convertido en una referencia ineludible para asegurarse de que la colosal escombrera en la que se ha convertido el valle corresponde a los pueblos de Riaño, y no a otros paisajes distintos ni distantes.

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El 31 de diciembre de 1987 cierran el vaso del pantano. Parece que esa era la fecha límite que tenía el gobierno español; que a partir del nuevo año, las autoridades europeas podían haber dado al traste con este proyecto del franquismo, con este atentado monstruoso contra el medio ambiente. Lástima que los socios comunitarios no tuvieran la ocasión de sacar los colores a España por esta obra, de recordar al gobierno que estas presas desproporcionadas son más propias de repúblicas bananeras que de países civilizados. Lástima. Tal vez por ello nunca se celebró acto de inauguración alguno. Ningún ministro visitó la presa; nadie se prestó, como en tiempos del NO-DO, a cortar la cinta y a declarar inaugurado el pantano de Riaño. Nos queda la duda de si la mala conciencia fue la razón que impidió a Felipe González y a su ministro de Obras Públicas, Javier Sáez de Cosculluela, protagonizar un acto de estas características.

80.000 hectáreas

Tres décadas depués de aquella escaramuza, resulta un buen momento para recordar que la presa tenía por objeto regar 80.000 hectáreas de la provincia de León. Sacrificaban Riaño y sus pueblos para convertir el sur leonés en un vergel. Se trata de la mentira más grande que se recuerda, de un engaño de 80.000 hectáreas de superficie. Pasado el tiempo nadie ha asumido responsabilidades. Ninguna explicación por parte de quienes tuvieron/tienen la obligación de construir esas infraestructuras prometidas pero que destinaron/destinan el dinero comprometido a otros menesteres que nada tienen que ver ni con León ni con sus agricultores.

Cuando se cumplen treinta años de aquel fatídico siete del siete del ochenta y siete parece oportuno reivindicar la necesidad de mantener vivo el recuerdo de aquellos pueblos pletóricos de vida hasta entonces. Rendir tributo a todos los vecinos que sufrieron las secuelas del desarraigo de su tierra. Y recordar a cuantos lucharon por impedir que el valle del Esla desapareciera; a aquellos hombres y mujeres tenaces que para defender una causa justa se aferraron al peso de sus razones, al simbolismo de los capilotes y a un sentimiento que es imperecedero y que ningún gobierno del mundo podrá destruir ni ahogar jamás: Riaño vive.

 

Fecha de publicación                     Título

4 julio de 2017                        Riaño I. El túnel de Las Salas

5 julio de 2017                        Riaño II. Los pueblos y la lucha

6 julio de 2017                        Riaño III. Comienzan las demoliciones

7 julio de 2017                        Riaño y IV. El final

 

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Riaño III Comienzan las demoliciones

Retazos de memoria 30 años después

 

Pero las protestas no consiguieron su objetivo. Como ya se ha anticipado, el martes siete del siete del ochenta y siete, san Fermín, a primera hora de la mañana se presentaron en el valle las máquinas de demoler, la Guardia Civil y los operarios de las empresas encargadas de arrasar los pueblos. Diecisiete días después, cuando declinó el 24 de julio, la misión había concluido. Durante esas dos semanas y media se trabajó de sol a sol, siete días a la semana y las tareas de arrasar las edificaciones solo se interrumpieron unas horas y por un hecho luctuoso: fue un domingo, mientras enterraban a un vecino que se había suicidado a los pocos días de comenzar la devastación del valle porque no soportaba la idea de que derribaran su casa.

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Aparte de la congoja y de la indignación que se respiraban ese primer domingo de las demoliciones, en un Riaño literalmente tomado por los antidisturbios, mis recuerdos de esos 17 días de destrucción se centran, sobre todo, en el desgarro de los vecinos desalojados de sus casas. En los hombres y mujeres del valle. En el dolor visible en sus rostros, en sus miradas, en sus gestos. El lenguaje corporal componía una sinfonía angustiosa cuyas notas se multiplicaban con cada persona afectada, Nadie debería volver a pasar por esa experiencia de perder la casa, el pueblo, el valle; de ser obligado al desarraigo por la fuerza bruta empleada por quienes se limitan a cumplir, indolentes, órdenes superiores. Fueron días trágicos, de experiencias extremas para todas las gentes del valle. Ese verano estuvo marcado por el drama en sus vidas.

Una detrás de otra las edificaciones iban cayendo, como si se tratara de olas gigantes que saltaran sobre los pueblos y destruyeran todo lo que se interponía en su camino. Resultaba impactante observar cómo, en la mayoría de las ocasiones, sus, hasta ese momento, moradores, presenciaban la demolición de los hogares desde la acera de enfrente; unas veces como testigos silenciosos y otras entre hipidos desolados. Parecía como si quisieran acompañar a la que fue su vivienda hasta el último momento, igual que se acompañan los restos de una persona querida en su último viaje.

Conmovía comprobar cómo contemplaban el derribo de una vivienda los vecinos de la misma, aquellos que acababan de perder la suya propia o eran los siguientes de la lista en esa cadena de ejecuciones desenfrenadas. La maldita suerte que les había tocado vivir y la desgracia común a todos ellos les mantenía más unidos; apoyándose unos en otros se sentían menos vulnerables ante las fuerzas destructivas que habían invadido el valle. Se respiraba un aire enrarecido, sofocante; más fruto del desasosiego y de la impotencia de las gentes que del polvillo provocado por el derribo de las casas.

Desde las calles de Riaño, el Yordas y otros picos parecían removerse de indignación ante la hecatombe que sufrían los pueblos. Del otro lado y también en las alturas, desde el mismo epicentro del terremoto provocado por las máquinas, se podían observar las pilastras de los viaductos y las grúas que señalaban las primeras edificaciones que se estaban alzando en lo que entonces se denominaba «Nuevo Riaño».

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Muchos vecinos después de ver cómo caían inermes sus casas ante la fuerza de las máquinas, quemaban la madera; prendían fuego a los troncos que habían servido de vigas sobre las que se asentó la vivienda. De esta manera intentaban evitar el pillaje, que terceros aprovechados sacaran beneficio de su infortunio, que las alimañas obtuvieran ganancias del esqueleto desplomado de lo que fueron sus hogares. Porque, sobre todo los primeros días de las demoliciones, algunos foráneos se presentaban con camiones a recoger los maderos de entre los escombros. El escenario de un pueblo cuyas viviendas se iban desmoronando como si fueran fichas de dominó, con el polvo que levantan las casas al caer y el humo de la quema de las maderas, todo ello, ofrecía una panorámica de pesadilla. Pavorosa. Imposible de olvidar.

El 17 de julio de 1987 se produjo otro hecho singular. Como la estructura de la iglesia de Riaño (s. XVIII) y la altura de la torre desaconsejaban el empleo de las excavadoras u otro tipo de maquinaria similar, los responsables del aniquilamiento del valle optaron por utilizar cargas de dinamita. Fue el método más expeditivo que se les ocurrió para derribar el templo. Las edificaciones con las que no podían las máquinas, cayeron desplomadas por la acción de los explosivos.

En esas fechas todo valía si de lo que se trataba era de arrasar, de devastar, de asolar. Todo estaba justificado con tal de alcanzar los objetivos de destrucción generalizada, de masacre completa y de aniquilación total que el gobierno se había marcado para el valle. Parecía una maldición bíblica: Riaño y sus pueblos padecieron primero los efectos del peor de los terremotos y más tarde los del diluvio universal.

 

Fecha de publicación                     Título

4 julio de 2017                        Riaño I. El túnel de Las Salas

5 julio de 2017                        Riaño II. Los pueblos y la lucha

6 julio de 2017                        Riaño III. Comienzan las demoliciones

7 julio de 2017                        Riaño y IV. El final

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Riaño II Los pueblos y la lucha

Retazos de memoria 30 años después

 

Hasta ese nefando verano de 1987, resultaba embriagador pasear por cualquiera de los pueblecitos condenados por ese General acostumbrado a rubricar sentencias de muerte. Se trataba de rincones imbricados con la naturaleza, con el entorno, auténticos remansos de paz.

Incluso la localidad más humilde tenía construcciones de las que presumir, rincones en los que perderse. Cada uno de los pueblos sentenciados acogía joyas arquitectónicas y arqueológicas que acabarían aplastadas, convertidas en escombros por la acción de las excavadoras y, más tarde, en refugio de los peces en el fondo del pantano.

Abundaban las ermitas e iglesias, todas ellas centenarias y algunas de un considerable valor patrimonial, las viviendas tradicionales, con sus corredores, los puentes, como el de Bachende, las casitas típicas, como las que conformaban la plaza de Riaño y hasta palacios. Todo ese patrimonio inmobiliario quedaría reducido a escombros, víctima de la voracidad y de la locura del ejército aniquilador.

Muy pocas construcciones se salvaron de la tiranía gubernamental. En el caso del palacio de los Allende en Burón, se desmontó piedra a piedra para volver a reconstruirlo. Aseguraron entonces que se convertiría en el tercer Parador de la provincia. La realidad es que, 30 años después, las piezas desmontadas una a una y numeradas permanecen en el mismo lugar, criando musgo y maleza. Y abandono. Otro testimonio, otro más, del olvido al que han condenado las administraciones a la zona tras el cierre de la presa.

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Aún hoy resulta espeluznante recordar aquellas jornadas de destrucción masiva en el valle. Treinta años después duelen las remembranzas, tantas imágenes imborrables que deparó ese mes de julio de 1987. Como las de pasar por donde antes había una población (Huelde fue la primera en desaparecer) y encontrarse solo con una masa de escombros, piedra esparcida y madera humeante. Nada más. O, como en el caso de Riaño, constatar cómo se iba desmoronando poco a poco la cabecera del valle, cómo la gangrena corría destructiva por sus calles, ensañándose con todo lo que se interponía en su camino fatal, casa por casa; acabando con todas sus edificaciones una por una. Y cómo iba dejando tras de sí un reguero de escombros y de lágrimas, un panorama angustioso, un paisaje desolador que no se debería repetir nunca más en ninguna otra parte.

La lucha por salvar Riaño

En cuanto las máquinas tomaron el valle y comenzaron a demoler sus edificaciones, se constató el fracaso de todos los esfuerzos tendentes a evitar ese momento. La lucha de tantos hombres y mujeres, con tanto denuedo, durante tanto tiempo, había sido en balde. Una poderosa maquinaria administrativa, la virulenta respuesta policial, la presión de los regantes y el envalentonamiento de un gobierno que, aun perdiendo más de un millón de votos respecto a las elecciones de 1982, había revalidado la mayoría absoluta, constituyeron factores decisivos y letales para la suerte de los nueve pueblos.

De nada sirvieron las medidas de presión ejercidas hasta ese momento para alejar el fantasma del pantano. Como las manifestaciones que se habían sucedido en diferentes ciudades de España contra el embalse. Recuerdo de manera especial la celebrada el 17 de mayo de 1986 en el mismo Riaño, cuando se celebró la «Fiesta del Capilote». Fue un sábado cálido, concurrido y muy intenso en emociones.

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Otro tipo de presión lo constituyeron las pintadas diseminadas por los pueblos afectados, en contra del pantano. Sin duda la  que se hizo más popular, la más fotografiada y comentada, la más espectacular, fue aquella a la que ya nos hemos referido, realizada en la propia presa, con caracteres de 5 metros de alto y con un mensaje directo: «DEMOLICIÓN».

La vía judicial fue un recurso que se utilizó en el último momento, cuando ya las máquinas habían iniciado su particular escabechina con los edificios del valle. En concreto, cuando comenzaron las demoliciones en diciembre de 1986, los vecinos presentaron diferentes interdictos en el juzgado de Cistierna. Recuerdo asistir a la vista celebrada en esa localidad. Estos interdictos consiguieron prolongar unos meses la agonía de los pueblos: en marzo 1987 el juzgado desestima las demandas y en abril la Audiencia Provincial ratifica ese pronunciamiento. A partir de entonces el gobierno tenía vía libre para seguir con las demoliciones, aunque optó por esperar a que pasaran las elecciones municipales y autonómicas del 10 de junio.

Una última —y desesperada— medida de presión fue protagonizada por los tejadistas. Con este nombre se conocieron a quienes se subían a los tejados de las casas en un intento vano de evitar la demolición de esos inmuebles. La figura del tejadista se popularizó tanto por los medios locales como por los nacionales, sin duda por la originalidad en la forma de protestar. Y también como reconocimiento a una gesta que denotaba hasta qué punto estas personas fueron capaces de llevar su grado de compromiso con los vecinos, con los pueblos y con el valle afectado para evitar que el proyecto de pantano siguiera adelante.

Fue una lucha desigual la que enfrentaba a quienes se aferraban a los capilotes y quienes enviaban a los guardias a disparar pelotas de goma. Pero tengo la impresión de que los vecinos nunca se sintieron solos. A medida que pasaba el tiempo llegaban al valle más y más adhesiones de todas las partes, nuevas muestras de solidaridad procedentes de gente de todo tipo: ciudadanos anónimos y ciudadanos de las artes o de la cultura. Así, hasta el final. Incluso una vez arrasado el valle, en ese mismo año, un grupo de intelectuales editó un libro homenaje a los pueblos y a sus vecinos: Riaño Vive.

Fecha de publicación                     Título

4 julio de 2017                        Riaño I. El túnel de Las Salas

5 julio de 2017                        Riaño II. Los pueblos y la lucha

6 julio de 2017                        Riaño III. Comienzan las demoliciones

7 julio de 2017                        Riaño y IV. El final

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Riaño I (con fotos) El túnel de Las Salas

Retazos de memoria 30 años después

 

Condenado a muerte por Francisco Franco Bahamonde, todo un especialista en firmar ese tipo de sentencias, tuvo como verdugo a Felipe González Márquez. A principios de los 60 el régimen del General inició la tramitación burocrática para transformar el hermoso valle del Esla en un océano de agua dulce. Había transcurrido un cuarto de siglo agónico para la montaña oriental leonesa, atenazada su alma mientras esperaba en el corredor de la muerte, cuando el ejecutivo socialista consideró que era llegada la hora de ejecutar la sentencia. Tras revalidar su mayoría absoluta en las elecciones generales de 1986, el gobierno decide demoler los pueblos, cerrar la presa de Riaño y anegar el valle con carácter inmediato. La Diputación y la Junta, entonces también gobernadas por el PSOE, se limitaron a palmear las decisiones provenientes de Madrid.

Una vez desestimados los interdictos que intentaron paralizar las obras en los juzgados, fue a partir del 7 de julio de 1987 cuando el filo de la guillotina cayó implacable sobre los nueve pueblos condenados: Riaño, Pedrosa, Huelde, Anciles, Salio, Burón, Vegacerneja, La Puerta y Éscaro. San Fermín, en el día de su festividad, lanzó el infierno sobre Riaño. A primera hora de ese siete del siete del ochenta y siete, comenzaron a desfilar por el valle las máquinas de destruir casas, de asolar pueblos, de pulverizar la vida de una comarca. Excavadoras, retroexcavadoras, buldóceres, camiones y grúas enfilaron hacia los pueblos bajo la atenta vigilancia de un ejército de guardias civiles. Tanto las máquinas como los agentes de la autoridad permanecerían en el valle hasta concluir la siniestra tarea que tenían encomendada: que no quedara piedra sobre piedra, en el sentido literal de la expresión, dentro del perímetro previsto para ser engullido por el pantano. Una encomienda que se ejecutó con diligencia, pues se materializó en poco más de dos semanas.

Aquel verano se vivieron momentos desgarradores hasta el extremo. León perdía un jirón emblemático de su curtida piel, la montaña oriental se veía abocada al ostracismo a pesar de sus impresionantes parajes, los pueblos fueron arrasados, casa a casa, a golpe seco de excavadora. Mientras los vecinos, la mayoría de ellos desalojados de malas maneras, quedaban relegados al papel de testigos impotentes ante el derrumbe de sus hogares. Unas experiencias atroces que, 30 años después de que acontecieran, siguen vivas, muy vivas, en la memoria de quienes las padecieron y de quienes fuimos testigos de lo que entonces sucedió.

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Por aquellas fechas yo me había comprado mi primera cámara fotográfica; se trataba de una Zenit, un aparato sencillo que adquirí por el módico precio de 500 pesetas en la desaparecida óptica san José, en Ordoño II. Con esa cámara acudí en numerosas ocasiones a los pueblos de Riaño mientras estaban siendo arrasados por las máquinas. Allí tenía amigos, conocía a algunos tejadistas y en las elecciones municipales y autonómicas celebradas el 10 de junio de 1987, me había presentado por la UNLE (Unión Leonesista), la génesis de la UPL; una formación que ese año obtuvo representación en la mayoría de los municipios de la zona: Crémenes, Valderrueda, Burón, Acevedo… Las fotografías que ilustran el presente reportaje están hechas con esa cámara, la mayoría tomadas con carretes de diapositivas. Unas instantáneas que, aunque carecen de calidad, han sobrevivido milagrosamente al paso del tiempo. Su valor reside en que ofrecen el testimonio de unas escenas captadas hace ahora 30 años, en unos pueblos aniquilados sin piedad y cuya tragedia no merece caer en el olvido por el mero paso del tiempo.

El valle

En aquellas fechas de lágrimas y tensión, mientras los pueblos eran destruidos, no era sencillo acceder al valle de Riaño. Había que ingeniárselas. Aunque la carretera es una carretera nacional, la 621, a la salida de la localidad de Las Salas siempre había un control de la Guardia Civil que obligaba a detenerse y dar una explicación satisfactoria sobre el motivo y el destino del viaje. De no ser así, los agentes obligaban a los conductores a dar la vuelta y regresar por el mismo camino por donde habían venido. En mi caso, me identificaba como el Secretario General de la UNLE y manifestaba, fuera o no fuese cierto, que tenía una reunión de concejales. La verdad es que me acerqué a Riaño en numerosas ocasiones mientras duraron los derribos, y nunca se me impidió el paso.

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Al poco de atravesar Las Salas se llegaba a un túnel que desembocaba en el valle, por el margen derecho del río Esla: justo enfrente de la carretera actual, la nueva, que discurre por el margen izquierdo del pantano. Pasado ese túnel se entraba en otra dimensión, en un valle verde y frondoso con el Esla serpenteando juguetón aguas abajo en dirección a la presa. La presa: un colosal vientre de hormigón, de 101 metros de altura y tatuado en 1984 con pintura roja, el color de la sangre y del hierro incandescente. Señorea su inscripción de una sola palabra y diez letras, pintadas con caracteres gigantescos: DEMOLICIÓN.

Antes de ese verano de 1987, atravesar el túnel de Las Salas generaba un piélago de sensaciones todas positivas. Era como atravesar una puerta para encontrarse en un territorio diferente, mágico, límpido, de una belleza sobrecogedora. La gente de la montaña siempre se ha caracterizado por su carácter extrovertido y por su hospitalidad. Mis recuerdos hasta esa fecha en Riaño están ligados a conceptos como aventura, senderismo, acampadas, amistad o diversión. Pero en aquellas fechas en las que se estaban ejecutando los derribos, atravesar el túnel de Las Salas y llegar al valle era lo más parecido a adentrarse en medio de un campo de guerra o traspasar las mismas puertas del averno. De qué manera puede cambiar un paisaje de un día para otro cuando la desgracia se ceba con sus pueblos y sus vecinos. Parecía como si el aire fuera otro, como si se hubiera enturbiado hasta la propia atmósfera que se respiraba. Sí, eran otras, muy distintas, las sensaciones que se percibían bajo la mirada altiva de las crestas montañesas. Otra la realidad que se mascaba bajo esas catedrales rocosas, macizos que apuntan al cielo, testigos pétreos de la tragedia que se cernía sobre el valle. Y, además, barreras involuntarias de contención del agua cuando el río comenzara a embalsar.

 

Fecha de publicación                     Título

4 julio de 2017                        Riaño I. El túnel de Las Salas

5 julio de 2017                        Riaño II. Los pueblos y la lucha

6 julio de 2017                        Riaño III. Comienzan las demoliciones

7 julio de 2017                        Riaño y IV. El final

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Otro punto de vista de la actualidad por Luis Herrero Rubinat