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La Opinión de Luis Herrero

La Opinión de Luis Herrero Rubinat

Cuarenta años después

 

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Recupero este recorte de mi archivo personal más como curiosidad que como un ejercicio de nostalgia. Fue el primer artículo que escribí sobre las autonomías, sobre el encaje de León en el mapa autonómico y se publicó el día 18 de febrero de 1978  en La Hora Leonesa.

Se cumplen cuarenta años de aquella publicación.

Después de tanto tiempo los recuerdos sobre este artículo me resultan difusos. No era la primera vez que escribía algo en un periódico, pero sí que me estrenaba en el movedizo terreno de la política. Entonces yo tenía solo quince años y cursaba mis estudios de segundo de BUP. Eran tiempos aquellos en los que en España se estaba debatiendo la Constitución, en los que la mayoría de las regiones ya exigían constituirse en comunidades autónomas, en los que acababa de nacer el Grupo Autonómico Leonés (GAL) y en los que se preparaba la primera manifestación para exigir una autonomía propia para León. Una movilización que se celebraría justo un mes más tarde a la publicación en el periódico: el 18 de marzo de 1978.

 

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Cartel convocando a la primera manifestación por la autonomía leonesa que se celebró el 18 de marzo de 1978

Cuatro décadas después aún recuerdo algunas anécdotas de ese primer artículo. Como se puede comprobar, fue publicado en la sección de “Cartas al Director”. Tardaron mucho tiempo en publicarlo, probablemente dos meses o más desde su entrega, cuando ya había perdido toda esperanza de verlo en letra impresa. Cambiaron el título que figuraba en el original y suprimieron los párrafos más reivindicativos, aquellos que criticaban la tibieza en el posicionamiento de la UCD y del PSOE sobre el lugar que correspondería a León en el futuro mapa autonómico. Como no conservo la redacción que salió de mis manos tampoco puedo cotejar ese texto con el que, finalmente, vio a la luz. Pero es seguro que algún párrafo quedó desvirtuado.

Todo salió mal en los meses siguientes. Un lustro más tarde, el 25 de febrero de 1983, el Congreso promulgó la ley orgánica que aprueba el Estatuto de autonomía de Castilla y León. Seguro que estos días alguien “celebra” que esta comunidad cumple sus primeros 35 años de vida. El mismo tiempo que para otros muchos esta tierra lleva cumpliendo condena, encadenada, amordazada y ninguneada, en las mazmorras de Castilla. Condena sí, ¿pero por qué delito?

Hoy resulta palmario que León ha cambiado, para peor, desde mis quince años. Lamentaba entonces el nulo carácter reivindicativo de los leoneses, que “no rugimos, solo maullamos”. Ese carácter nuestro, estoy convencido de ello, fue determinante para que los tres problemas que entonces apuntábamos se hayan cronificado hasta el extremo: la despoblación, la falta de inversiones para generar empleo y el abandono de nuestros pueblos. Determinante, también, para ser borrados del mapa autonómico. Y ese fracaso en conseguir una autonomía propia supuso para León una oportunidad perdida de la que se derivan las consecuencias que, cada día que pasa, sufrimos el puñado de personas que todavía vivimos en esta santa tierra.

Cuarenta años después, las razones que invocaba siguen tan vigentes como entonces. O más. Al igual que la aspiración para que ese León que es cuna del parlamentarismo, para que ese León representado en uno de los cuarteles del blasón del escudo de España, para que ese León que entonces sí que salió a la calle y de una manera masiva, sea reconocido como cualquiera otra de las regiones españolas. Pero hoy, como en 1978, el sentimiento de los leoneses va en una dirección y la cruda realidad se empecina en seguir otra muy distinta.

 

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