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La Opinión de Luis Herrero

La Opinión de Luis Herrero Rubinat

Riaño III Comienzan las demoliciones

Retazos de memoria 30 años después

 

Pero las protestas no consiguieron su objetivo. Como ya se ha anticipado, el martes siete del siete del ochenta y siete, san Fermín, a primera hora de la mañana se presentaron en el valle las máquinas de demoler, la Guardia Civil y los operarios de las empresas encargadas de arrasar los pueblos. Diecisiete días después, cuando declinó el 24 de julio, la misión había concluido. Durante esas dos semanas y media se trabajó de sol a sol, siete días a la semana y las tareas de arrasar las edificaciones solo se interrumpieron unas horas y por un hecho luctuoso: fue un domingo, mientras enterraban a un vecino que se había suicidado a los pocos días de comenzar la devastación del valle porque no soportaba la idea de que derribaran su casa.

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Aparte de la congoja y de la indignación que se respiraban ese primer domingo de las demoliciones, en un Riaño literalmente tomado por los antidisturbios, mis recuerdos de esos 17 días de destrucción se centran, sobre todo, en el desgarro de los vecinos desalojados de sus casas. En los hombres y mujeres del valle. En el dolor visible en sus rostros, en sus miradas, en sus gestos. El lenguaje corporal componía una sinfonía angustiosa cuyas notas se multiplicaban con cada persona afectada, Nadie debería volver a pasar por esa experiencia de perder la casa, el pueblo, el valle; de ser obligado al desarraigo por la fuerza bruta empleada por quienes se limitan a cumplir, indolentes, órdenes superiores. Fueron días trágicos, de experiencias extremas para todas las gentes del valle. Ese verano estuvo marcado por el drama en sus vidas.

Una detrás de otra las edificaciones iban cayendo, como si se tratara de olas gigantes que saltaran sobre los pueblos y destruyeran todo lo que se interponía en su camino. Resultaba impactante observar cómo, en la mayoría de las ocasiones, sus, hasta ese momento, moradores, presenciaban la demolición de los hogares desde la acera de enfrente; unas veces como testigos silenciosos y otras entre hipidos desolados. Parecía como si quisieran acompañar a la que fue su vivienda hasta el último momento, igual que se acompañan los restos de una persona querida en su último viaje.

Conmovía comprobar cómo contemplaban el derribo de una vivienda los vecinos de la misma, aquellos que acababan de perder la suya propia o eran los siguientes de la lista en esa cadena de ejecuciones desenfrenadas. La maldita suerte que les había tocado vivir y la desgracia común a todos ellos les mantenía más unidos; apoyándose unos en otros se sentían menos vulnerables ante las fuerzas destructivas que habían invadido el valle. Se respiraba un aire enrarecido, sofocante; más fruto del desasosiego y de la impotencia de las gentes que del polvillo provocado por el derribo de las casas.

Desde las calles de Riaño, el Yordas y otros picos parecían removerse de indignación ante la hecatombe que sufrían los pueblos. Del otro lado y también en las alturas, desde el mismo epicentro del terremoto provocado por las máquinas, se podían observar las pilastras de los viaductos y las grúas que señalaban las primeras edificaciones que se estaban alzando en lo que entonces se denominaba «Nuevo Riaño».

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Muchos vecinos después de ver cómo caían inermes sus casas ante la fuerza de las máquinas, quemaban la madera; prendían fuego a los troncos que habían servido de vigas sobre las que se asentó la vivienda. De esta manera intentaban evitar el pillaje, que terceros aprovechados sacaran beneficio de su infortunio, que las alimañas obtuvieran ganancias del esqueleto desplomado de lo que fueron sus hogares. Porque, sobre todo los primeros días de las demoliciones, algunos foráneos se presentaban con camiones a recoger los maderos de entre los escombros. El escenario de un pueblo cuyas viviendas se iban desmoronando como si fueran fichas de dominó, con el polvo que levantan las casas al caer y el humo de la quema de las maderas, todo ello, ofrecía una panorámica de pesadilla. Pavorosa. Imposible de olvidar.

El 17 de julio de 1987 se produjo otro hecho singular. Como la estructura de la iglesia de Riaño (s. XVIII) y la altura de la torre desaconsejaban el empleo de las excavadoras u otro tipo de maquinaria similar, los responsables del aniquilamiento del valle optaron por utilizar cargas de dinamita. Fue el método más expeditivo que se les ocurrió para derribar el templo. Las edificaciones con las que no podían las máquinas, cayeron desplomadas por la acción de los explosivos.

En esas fechas todo valía si de lo que se trataba era de arrasar, de devastar, de asolar. Todo estaba justificado con tal de alcanzar los objetivos de destrucción generalizada, de masacre completa y de aniquilación total que el gobierno se había marcado para el valle. Parecía una maldición bíblica: Riaño y sus pueblos padecieron primero los efectos del peor de los terremotos y más tarde los del diluvio universal.

 

Fecha de publicación                     Título

4 julio de 2017                        Riaño I. El túnel de Las Salas

5 julio de 2017                        Riaño II. Los pueblos y la lucha

6 julio de 2017                        Riaño III. Comienzan las demoliciones

7 julio de 2017                        Riaño y IV. El final

Temas

Pantano, Riaño

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Otro punto de vista de la actualidad por Luis Herrero Rubinat


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